Sí, 14210. De toda la vida.

Y hablando de Beverly Hills, hoy me vino a la memoria otra bellísima historia. Bueee… a la distancia, en el recuerdo, se siente bellísima. En su momento fue tristísima: gritos, regaños, pleitos y mucha desilusión.
Una foto de Michael Jackson, un comentario sobre Beverly Hills y cinco números. Ese fue el hitazo que me pegó en la frente y me hizo ver una verdad incómoda: «mi socio» todavía me veía como a una empleada. Y yo, que me sentía importantísima por ser «su socia», terminé sintiéndome completamente humillada.
Por ahí de 2011, después de años de trabajar con Juan Carlos, me convenció de renunciar para que nos convirtiéramos en socios. Él seguiría haciendo campañas y, en nuestra nueva empresa, venderíamos los espacios para publicarlas: carteleras, camiones, cineminutos y más.
Yo entendí que estábamos cambiando de relación. Que mi experiencia, mis relaciones y mi manera de desenvolverme eran parte de lo que aportaba a esa sociedad. Él en su mente, siempre tuvo otra idea.

Entre sus mejores clientes estaba Salinas de Gortari. Era toda una experiencia ir a «acordar» a la casa de Tlalpan. En uno de los múltiples proyectos que revísabamos, uno era subir contenidos al sitio de una fundación. No recuerdo bien el dominio; era algo con Solidaridad.
La escena en la biblioteca, en cambio, la recuerdo perfectamente.
Estábamos sentados alrededor de una mesa redonda cuando mi amigo el licenciado me dio algunas fotos, entre ellas, una fotografía de cuando Michael Jackson vino a México. En ella aparecían él, sus hijos y Michael.

La miré y comenté:
—Emiliano y el Charro traen todo el look de Jason Priestley.
Dos de los chavos que trabajaban directamente con el licenciado, sentados frente a mí, me vieron con asombro. Eran súper nerds y mi referencia parecía haberlos sorprendido muchísimo.
—¿A poco veías Beverly Hills?
—Claro que la veía.
Lo contesté orgullosa. Había crecido con esa serie desde la primaria. No tenía ninguna razón para esconderlo.
Entonces Juan Carlos intervino en tono de burla. Dijo algo como que pues sí, que por eso yo era así. No recuerdo las palabras exactas, pero sí la intención que percibí: encasillarme como la niña fresa, tonta y boba de la mesa.
Me ardió la sangre, pero en lugar de enojarme, cambié la intención en la mesa y envalentonadísima y con una sonrisa contesté:
—Sí, 14210.
Sabía perfectamente que era Beverly Hills, 90210. Precisamente por eso cambié los números.
El comentario llamó la atención de mi amigo el presidente Salinas:
—Ah, vecina.
—Sí, de tooooda la vida.
Y nos reímos. Esa fue mi manera de defenderme. Una respuesta breve, con una referencia que él entendió. Si Juan Carlos quería reducirme a la caricatura de una niña fresa, yo también sabía responder. Dentro de la biblioteca, dentro de la casa, todo fueron risas. El problema vino al salir.
Ya en la camionetota del señor Juan Carlos, frente al chofer, su hermano y uno de sus guaruras, se dejó venir durísimo con el regaño seguido de la advertencia: era la última vez que yo le contestaba así.
Ahí estaba mi socio, reclamándome frente a otros hombres que me hubiera defendido de una burla suya. Yo me limité a decirle que él me había pedido que fuéramos socios. Que había pensado que precisamente mi cercanía con muchos de esos personajes —por las escuelas donde estudié, por el mundo que me había tocado desde niña— era parte del valor que veía en mí. Y se lo dije claro: Tú me quieres hacer pasar como una niña fresa, tonta y boba frente a Aramis y Raduel. Yo me defendí. No había armado un escándalo. Había contestado con cinco números y seguido la conversación. Pero hasta eso había resultado demasiado.
Con el tiempo he pensado mucho en esa diferencia entre lo que alguien dice que quiere de ti y lo que tolera cuando lo tiene enfrente. Mi mundo, mis relaciones y mi cercanía podían servir para hacer negocios. Mi voz, al parecer, todavía estaba sujeta a su autorización.
Yo podía aportar a la sociedad. Lo que no podía hacer era salirme del papel que él acababa de asignarme delante de los demás. La burla podía hacerse en público. El regaño también. La que tenía que cuidar las formas era yo.
De aquella mañana recuerdo muy bien la biblioteca, la fotografía y las risas. Pero, sobre todo, recuerdo el momento en que entendí que me habían invitado a ser socia sin aceptar del todo lo que eso implicaba: que yo también podía hablar, responder y decidir cómo presentarme ante los demás.




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